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“Cuando un animal muere, el tejido blando decae y se pudre. Por algún motivo las membranas conectivas que lo rodean y le dan soporte –las meninges, por ejemplo– se preservan un tiempo más. En estos casos, el sedimento se fue alojando en su interior y, cuando ese estuche desapareció, quedó expuesto lo que sería una réplica del órgano original. Esos son los moldes naturales, que en Vaca Muerta se encuentran en gran cantidad. Realmente nos dan una fuente excepcional de información paleobiológica, es decir sobre la biología de los animales extintos”, describe Marta Fernández, investigadora principal del CONICET en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata (FCNyM, UNLP) y parte del equipo de trabajo.
Tomando como base un cráneo de metriorrínquido que forma parte de la colección del Museo de La Plata (UNLP) y uno de teleosáurido aportado por colegas alemanes, más los moldes naturales de cerebros y del sistema vascular cefálico –la principal vía de suministro de sangre de ese órgano– extraídos de Vaca Muerta en los años ’70 por expertos platenses, los investigadores se abocaron a analizar si esas diferencias morfológicas externas que se conocían tenían su correlato a nivel interno, específicamente en el neurocráneo y sus estructuras blandas. Para ello, Herrera viajó a Alemania a fin de especializarse en el uso de tomografías computadas con el objetivo de obtener modelos tridimensionales. “Lo que se hizo fue reconstruir digitalmente ambas cosas, huesos y estructuras blandas por separado y luego, con esas fuentes de información, las cotejamos y vimos que eran compatibles. Utilizamos un microtomógrafo alemán y recreamos el encéfalo, los nervios, los vasos sanguíneos y los órganos de los sentidos”, resalta.
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