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Hacia fines de los años noventa y principios del nuevo milenio, una extraña palabra comenzó a filtrarse en los medios de comunicación para referirse a los jóvenes. La abreviatura “ni-ni” fue una forma de bautizar a esa supuesta nueva generación, de entre 15 y 24 años, y algunos extendiéndose hasta los 29, que “ni trabaja, ni estudia”. ¿De dónde venía ese término? ¿Qué escondía ese apodo? “La dinámica de las sociedades desiguales llevó a generar distintas figuras de alteridad radical y chivos expiatorios, que fueron funcionales en distintos momentos para legitimar dinámicas socialmente regresivas y la destrucción de derechos colectivos conquistados. Y esa dinámica comprendió desde la ´madre soltera´ en el inicio de la década de 1980 en EEUU o Gran Bretaña hasta al beneficiario de planes sociales en las últimas décadas en nuestro país”, señala Gonzalo Assusa, sociólogo por la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) e investigador del CONICET enfocado en el estudio de la cultura del trabajo de jóvenes de sectores populares de Córdoba. Assusa acaba de publicar un informe sobre la desigualdad social entre jóvenes durante los últimos quince años en Argentina desde una perspectiva de derechos.
En cuanto al empleo, el informe muestra que los jóvenes están tres veces más expuestos al desempleo que los adultos, una brecha no se achica entre años. “El desempleo juvenil desciende entre 2004 y 2014 (diez puntos porcentuales menos), pero vuelve a aumentar entre 2014 y 2019 (siete puntos porcentuales más). En puntos porcentuales, este crecimiento es el doble entre los jóvenes más pobres, que entre los jóvenes de mayores ingresos. Desde una perspectiva de la coyuntura, se observa que los jóvenes de menores ingresos necesitan buscar empleo en los períodos de crisis. mientras que los jóvenes de mayores ingresos cuentan con los recursos familiares para esperar, formarse, y encontrar mejores condiciones de inserción laboral en el futuro”, se explica.